5/12/08

El alivio del solitario


He vuelto al gimnasio después de superar dos pequeñas lesiones con la ayuda de la fisioterapeuta, en fin, qué masaje, lo necesitaba. Esta vez me ha metido los dedos en los músculos pero bien y aunque me dolía he aguantado como un machote, respirando profundamente y cerrando los ojos con fuerza, era como un dolor regenerador de todas las preocupaciones que se me han ido acumulando en las fibras, retorciéndolas y anudándolas, fraguándose en cemento armado lo que antes era carne tierna. Esta vez he sido exigente con ella pues me ha vuelto a subir la tarifa, estaba mosqueado y le decía que sí me dolía allí y que me dolía allá también, pero la chica se lo ha currado. Luego después me arrepentí y me apiadé de ella al pensar que tiene que terminar con las manos molidas de tanto amasar y cedí asegurando que me calmaba más de lo que pensaba. Y sus dedos hacían pin pam pim pam, venga amasar y apretar en las contracturas del cuello y los hombros para intentar disolverlas. La verdad que muy pocas veces he bajado la guardia en una sesión de fisio y quizá la elegí porque no me atraía en absoluto, pero esta vez me sorprendió sentir un estremecimiento de placer cuando observé que subía una pierna para apoyarse en la camilla y hacer más fuerza sobre mi trapecio entumecido. Ni que decir tiene que me imaginé las líneas de su figura desde otro ángulo, pues estaba boca abajo con los ojos cerrados, pero la imaginación calenturienta me reveló que podría tener un culo perfecto y unas piernas torneadas, aunque en la realidad no podría asegurarlo por esa bata tan larga que lleva. Pero bueno, ese gesto de esfuerzo sobre mí me excitó y aunque me estaba haciendo daño clavándome sus dedos hay dolores que, como digo, son placenteros, porque además sabes que tienen el objeto de la regeneración, la sanación del músculo rígido. El contacto, la fricción, el masaje, todo es tan profesional pero cuando hay necesidad de alivio es más fácil confundirse. Uno se cuida mucho de que no se le escape un gemido pero la fantasía es como un arroyo que desborda una presa. En un desierto cuando hay sed se pueden llegar a ver oasis donde no hay y aunque mi cabeza está acostumbrada a no esperar el tacto de unas manos extrañas mi cuerpo habla de forma involuntaria. Se me contrae el cuello, se me pone como una piedra y tengo que ir a que me relajen las tensiones unas manos expertas, pagando a una fisioterapeuta, claro, porque los otros masajes profesionales no me van. Salgo mareado y dolorido a la calle preguntándome porqué se me estropean los músculos con el esfuerzo, me enfurruño porque quiero conseguir el cuerpo de un titán aunque me duela hasta el alma, superar ese dolor y generar fuerza. Los guerreros, centuriones, gladiadores, mercenarios y esclavos no se quejaban porque les dolía el cuello, porque les salían contracturas en tal o cual músculo, no, seguían trabajando duro, creando capas de músculos sobre capas, musculándose sin pensar porque había que moverse como ganado de carga ¿Se quejaban ellos de eso? No, se quejaban de la falta de libertad y eso les dolía más que las agujetas. El masaje mismo es un lujo que mucha gente no se puede permitir pero es un alivio para evaporarse las quejas, la oportunidad perfecta para que le pongan las manos encima a un solitario que no llega a su propia espalda para calmarse los pinchazos, aunque quizá las caricias sean más potentes a la hora de sanar, tendré que pensar en eso…
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