11/12/08

Love under the table


¡Qué frío! Entramos en un club, estamos acatarrados y ateridos, nos gustaría simplemente dejarnos llevar por sonidos guturales, por susurros, ssussurrrossss, cantar blues con un pianista de esos que fuman y fuman sin levantar las manos del teclado, pero que nos envuelva y acaricie con la melodía de las notas, entramos en calor con una música sensual en un club de los años cincuenta, que huele a madera vieja, que da rojo a la vista nublada porque sus paredes están cubiertas con cortinas de terciopelo, el swing suena y estamos bebiendo una pinta de cerveza y nos hemos quitado los zapatos para jugar con la lana de nuestros calcetines y calentarnos porque nos ha costado llegar hasta aquí por el frío cortante que hacía fuera, que era como navajas que rozaban nuestras mejillas, ahora el blues entra muy bien como los tragos y una vez que nos hemos calentado los pies en un precioso baile oculto bajo la mesa nos atrevemos con las manos y ponemos cara de póker como si estuviéramos hablando de economía. Y la misma emoción de sentirnos juntos crece sobre las olas efervescentes de espuma de la cerveza. Poco a poco nos vamos quitando los jerseys que nos cubren como capas de cebolla. Somos una isla entre tantas otras mesitas de enamorados, en este trópico en el que las nubes son ráfagas de humo de cigarrillos liados, en el que el viento suspende en el aire el ritmo pausado de la música que sale del piano y el sol es ese foco tibio que cubre de sombras la mitad de nuestras figuras y la otra mitad la pinta de dorado. El ruido de las olas son las conversaciones vecinas, ensordecedoras porque no entendemos que significan tantas palabras superpuestas. Te acercas a mí y sólo me importa tu susurro caliente en mi oreja y con sólo dos palabras me sacas de este mundo y caemos en un trance por el que pensamos que estamos solos en una habitación a oscuras. Dices ‘te quieeeero’ y me haces sentirme importante, dichoso. Respondemos al unísono a esa vibración de cigarra, a esa lengua de fuego que nos surge de dentro y que se enlaza entre nuestras lenguas húmedas, porque nos besamos con la mirada para no dar un escándalo. Con una mano nos tomamos al unísono un chupito de whisky y con la otra nos agarramos fuertemente bajo la mesa para no naufragar pero ya poco importa porque hemos perdido el miedo y, ante la mirada atónita de los clientes del club, salimos agarrados, ya calentitos, al frío exterior, caminando al son del blues, abandonamos el escenario de luces y cortinas rasgadas y hemos perdido la vergüenza porque el amor nos hace indestructibles…
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