
Es entonces cuando me contaste que subiste aquella montaña de casi ocho mil metros, los pies entumecidos, la cabeza abotargada por la presión de la altitud, tu pie derecho le daba vueltas al izquierdo pues para reservar las pocas fuerzas que te quedaban tenías la conciencia enjaulada en un recuerdo, en un escenario que tenía vida propia y un oasis tibio para mantener tu corazón a un ritmo diferente a la circulación de la sangre de tu cuerpo, que sentías congelarse. ¿Y cómo se despertaron tus deseos de viajar? Recordabas aquel puente que unía los edificios cercanos al Polígono donde vivía tu madre y el gimnasio donde te preparabas a conciencia para una dura prueba que todavía no sabías cual era. Casi con obstinación te movías cada día en aquel circuito cerrado aunque tu imaginación te trasladase a miles de espacios brillantes. Sabías que hacer ejercicio para mantener en forma tu cuerpo te iba a salvar la vida en un futuro extraño, pero todavía no confiabas demasiado en tus posibilidades y a veces sólo presentías naufragios. Pues bien cruzabas el puente dos veces al día, pero día tras día, día tras día, los coches pasaban veloces despreciando tu lentitud y tú te animabas pensando que aportabas granitos de arena para una montaña mayor, siempre venciendo con tu locura de caminante a cualquier coche por dura que fuese su carrocería. La rutina se te hacía dura porque una acción repetida constantemente si no era trabajo, si no recibías beneficio material o emocional a cambio, era dura de llevar, pero en cada tránsito llevabas una canción en la cabeza, un rock and roll por ejemplo si ese día estabas eufórico y tus pasos abarcaban más, una balada melancólica si estaba desanimado o el sol no te daba la energía y la felicidad suficiente porque estaba nublado. El camino rutinario se hizo algo inconsciente como el respirar o el latir del corazón hasta que un día una furgoneta llamada Aventura paró a tu vera y te pidió que le ayudases con los bártulos en su vuelta al mundo. Si no hubiera habido canción, como me contabas sobre la cama del motel, habrías desistido y no estarías allí conmigo, enseñándome tu medio mundo. Me levanté al instante y puse en marcha la pequeña radio. ¿Qué haces? Buscar nuestra canción ¿Por qué para los dos, no tienes una? La tenía pero la fundí para soportar ocho mil días de encierro en mi habitación hasta que pude salir a tu encuentro…
Nunca hay que perder la esperanza, hasta la suerte o el azar nos puede traer un cambio feliz y definitivo en el año venidero. Espero que se cumplan vuestros mejores deseos. El mío creo que será no dejar de desear la aventura y conservar intacta la capacidad de sorpresa. Feliz año!!!