
No hacer nada para mí es sólo pasear, pasear y mirar al cielo, respirar profundo, suspirar para descargar adrenalina, que llevando una vida sedentaria no viene bien tanta acumulación hormonal. Porque claro así se amansa la fiera, para que no de la lata ni forme estruendos, ni eche fuego por la boca porque me esté poniendo como un dragón y lo fácil, lo más sencillo, sea comportarse como un monje eremita. Tendría que tirar de la meditación budista pero no me convence, una vez te pones con esas cosas vuelves a empezar a creer en algo superior y a derivar responsabilidades y si hay alguien a quién pedir de qué sirve el esfuerzo. Si fundar una familia es lo productivo de qué sirve amar cuando no andas con esas intenciones. Ya sabéis nos suelen hablan del oro como el camino en la búsqueda del progreso. Después de años reflexionando sobre esto he formado mi propio credo, un conjuntillo de ideas que me hacen pensar que la divinidad está en uno mismo, es decir, en el centro, en la esencia pura. Creo que el destino, la búsqueda es sólo un camino de reencuentro, volver a notar la vibración interna, eso que sentimos antes de que conociéramos el lenguaje y el significado de las cosas, antes de moldearlo todo con la educación, que tan buena es para unas cosas pero que resulta contraproducente para el Ser espontáneo que hay en cada uno. Y juzgamos que hemos encontrado el destino cuando encontramos a una persona que nos deja ‘ser’ sin filtros, que no le importa el silencio porque siente que suena la compañía. Pero es untesoro difícil de encontrar porque lo social es comportarse y poco espacio queda para la libre expresión del sentimiento. Y parece caro eso que no hace ruido, que no provoca escándalos porque no está formado por palabras sino de risas entrecortadas, gritos relajantes, tarareos improvisados, deseos expresado con un roce felino de celo, momentos de calor donde la impronta de acercarse y rozarse es suficiente. Entre tantas conversaciones de voces altisonantes esto llama la atención, como si nos hubiéramos acostumbrado a que se demuestren los sentimientos en privado. Coger la mano y chillar, echar a correr porque apetece romper la rutina. No hay nada parecido en el mundo de las costumbres. Sólo se me ocurre la descarga que produce una montaña rusa o uno de esos saltos al vacío colgados de un puente, con una goma elástica claro. El ser supremo es nuestra vibración, nuestra llama andante, el paraíso es la conexión, hacer sonar el cascabel junto a otra persona. Vibrar el corazón a dúo. El infierno es permitir que las preocupaciones cubran con un manto de nubes negras tan inmenso amor por el prójimo, las nieblas que alimentan las distancias. Los problemas no resueltos, no expresados se vuelven odio, rabia, envidia, rencor, son comparaciones cuando somos únicos e incomparables. Lo mejor sería hacerle un monumento a la confianza en el centro del ágora, esculpir un corazón de mármol y ponerlo bien visible con una leyenda que diga ‘Despierta tu día vibrando a dúo’. Y así recordaremos ese momento dulce del despertar junto a alguien y olvidaremos tanta guerra y tanta negociación. No existen razas ni credos, no hay lenguaje, el sonido es igual, y se nota, pues es la vibración que produce los latidos del corazón. Tocadlo a dúo. Este es mi deseo para el 2009. Feliz año.